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Autores Perdidos

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    En algún momento te preguntaste cuando tus libros dejarían de tener dedicatorias bonitas, dónde alguien te recordaba que le bastaba con tan solo ver tu sonrisa para sentirse tan bien con la vida...

    Hace poco comencé a hurgar en esa caja de cosas viejas que guardo debajo de la cama, dónde se encuentran los bonitos recuerdos; fotos, boletos del cine, cartas pequeñas y mensajitos que nos escribíamos en pequeños post it's, están también los moñitos de los regalos que me diste y un sin fin de sentimientos que emanan en mi en estos momentos pero sobre todo en esta caja se encuentran las copias de esas pequeñas dedicatorias que anotadas en cada uno de los libros que me regalaste.



    Y aún llevo conmigo en foto, la mejor de todas, la que con tan solo mirar de reojo sé que provenía desde tu corazón, dónde decías que te encantaría pasar una vida conmigo pero que el destino juega sucio y quizá en algún momento debíamos separarnos y cada quien ver hacia adelante con lo que teníamos el uno del otro.
    También tengo ese pequeño atrapasueños porque incluso varias veces soñamos con una vida al lado del otro, una vida donde todo era felicidad mientras estuviéramos tomados de la mano; en el parque, la avenida, el mundo en general.

    Tu elegiste el color del forro de la cajita, es azul porque recuerdo que es tu color favorito y a mi me encantaba ver tu sonrisa al verla porque decías que era tan importante para ti el que estuviera representada del color que te encanta y a mi me encantaba que supieras que te amé como a nadie en el mundo y como jamás en el mundo alguien más podrá amarte.

    Este pequeño libro rosa que venía envuelto en un papel morado, con la dedicatoria más hermosa, aquel en el que incluso te disculpaste por no tener una buena letra, que realmente no importó nunca, ese pequeño libro hoy está frente a mi y nuevamente no sé si será buena idea tomarlo y volver a revivir aquellos momentos en los cuales las cartas de amor y los paseos románticos por las noches caminando bajo la luz de la luna eran el significado más puro del amor más lindo que podrá existir.

    Estoy nerviosa, mis manos comienzan a temblar, el libro cada vez está más cerca, en mi mente cruzan tantos recuerdos y aquella ocasión en el que me detuviste al caminar, me hiciste cerrar los ojos, me diste un delicado beso y  de pronto sentí algo en la mano, envuelto en papel rugoso, abrí los ojos, era aquel libro que tanto esperé por mucho tiempo, el que vimos en el anaquel más alto de toda la librería y me le quedaba viendo fijamente porque sabía que nunca lo alcanzaría e hiciste como si hubieras ignorado todo eso... ¿Cómo supiste que quería ese libro? - Siempre sé lo que quieres - fue tu respuesta, y ese día lo demostraste con tan solo un simple momento hiciste que algo se quedará en mi mente y en mi alma para toda la vida y ahora en esta pequeña cajita que ambos armamos y espero que aún tengas la tuya, con aquellos recuerdos, fotos, llaveros y collares, con todo lo que representaba este amor.

    Y aún sin tomar el libro, sé que quizá lo que necesito en la vida es leer por última vez esa dedicatoria tan tuya, tan nuestra, esa que ya me sé de memoria, esa dónde juraste que la forma en que me amabas era de manera infinita y que era yo el amor de tu vida, quizá necesito leer una vez más aquella carta escrita en la primer página del libro más inesperado y que de amor trágico trata.

    Tomar el libro entre mis manos se siente extraño, una ausencia, una soledad inigualable, probablemente es porque a ratos te extraño o nomás cuando me asomo a este pequeño rincón de nostalgias... El libro se quedará un tiempo más aquí, seguirá en la oscuridad, aún no es momento de recitar tus palabras que viven ya en mi mente, aún quiero tener la incertidumbre de si en el momento en que lea todo ese pequeño poema, te acordarás de mi.
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    No has sentido miedo, de ese que da de la nada pero significa todo. Jamás había sentido algo parecido hasta que regresaste a mi vida, desde que volviste a mi no he dejado de sentir esa pequeña inseguridad de sí esto es real o quizá sea algo pasajero. No he dejado de sentirme de esta manera, sentir que en cualquier momento algo que se diga terminará con todo, o el simple hecho del tiempo se encargará de ello, la inseguridad no es algo común en mí, sin embargo, es algo que ahora me invade, mañana, día y noche, ¿por qué? ¿Acaso no seré capaz de soportar tu partida nuevamente? Quizá sí, quizá no lo soportare más, quizá esta sea la última oportunidad y lo sé, inconscientemente, lo sé.  Jamás supe lo que era emocionarse por alguien y menos llegar al grado de estar nerviosa por saber que estaría cerca de él, nuevamente, y es que día con día veo pasar tanta gente a mi lado, enfrente de mí y ninguna significa ni un poco de lo que tú significas para mi, veo pasar cada minuto mucha más, veo que probablemente tú vas con ellos siguiendo tu camino, alejandote y dejándome atrás.

    Siento nervios cada que pienso en ti y quizá solo te veré en sueños junto a mi, esos sueños que valen más que una realidad sin control, un amor no correspondido y… y no hay nada más que decir; te necesito junto a mi.
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    Pero cada noche por la ventana nuevamente, y veo aquella luna, la luna que dijiste que aprenderías a admirar porque te recordaba a mí y la forma que tenía de admirar mi cuerpo frente aquel espejo que se encontraba frente a mi cama, cama que aún quiere tu regreso para volver a escuchar historias de amor que haremos. Aquel lago lo recuerdo perfectamente, aquella noche también, aquella luna tan azul, pues aquella noche te enseñe a amar a la luna y el color que esta pudiese tener, y en esta noche ese color era azul, azul como ningún otro azul que existe en la tierra, y te enseñe a amarla y tú me enseñaste que sabías amar y no por haber leído a platón o Fromm sino porque te habías enamorado del gris de mis ojos, ojos que jamás quisieran apartar la vista de los tuyos, ojos que te amaron desde el primer día que te vi en aquel parque, en aquel ébano, en aquel puente, en aquella banca, ojos a los que les encantaba ver tu silueta bajo la luz de la luna, y tu silueta desnuda recorrer aquel cuarto.


    Siempre decías que era la clase de persona que puede leer varias historias al mismo tiempo, que era fuerte y podía con todo, y que sabía cómo hacer ver un encuentro de la forma más casual, aún que no creyera en la casualidades, casualidades que hicieron que nos encontráramos, pero fue una casualidad, aún que en el fondo sabíamos que andábamos para encontrarnos, y nos encontramos en el mejor momento de la vida, vida que se basa en amor, amor que solo puedo hacer contigo.


    Contigo vi que el café y el vodka pueden ser buenos amigos, y hablando de amigos, recuerdo aquella vez en el auto-cine, se encontraba Erick, Magdalena, Franco, tú y yo, y en ese auto-cine me entere que te llamas Andrew y que detestabas los mariscos, y todos se sorprendieron al ver que llevábamos un tiempo juntos pero desconocíamos nuestros nombres, nuestras comidas, pero no nuestras manías, y es ahí cuando me di cuenta que realmente el amor es ciego, el amor debe de ser, que para amar no es necesario saber todo de aquella persona, sólo amarlo, amarlo como te gustaría que te amaran, y así lo hacía desde el primer día que te conocí, desde el día en que supe que le diste luz a mis noches y oscuridad a mis días, desde ese día supe que todo lo que había leído era falacias y que el verdadero amor era como tu decías, se vive, se siente, se hace, no se lee.


    Me gusta apreciar tu delicado perfil, decías siempre que ataba mi cabello con un listo blanco medio sucio y un poco deshilachado, y sonreía, sonreía no por lo que me decías, sino porque eras sincero y tus ojos denotaban algo que jamás había visto antes, pero siempre te gustaba quitarme el listón, y después de quitarlo nos acostábamos en la cama y comenzabas a jugar con mi cabello, cabello naranja como los atardeceres del otoño, y que cautivaban tus ojos, ojos que jamás hubiera querido dejar de ver, y recorrías su largo, y me acariciabas hasta llegar a la cadera, y ponías de excusa que era porque recorrías la longitud de mi cabello, cabello largo que enamoraba, y que una vez quise cortar y lloraste como niño pequeño, y dijiste que querías verme así siempre, porque querías recordarme así, siempre, siempre fue igual, hasta que perdí aquel listón blanco y me regalaste uno nuevo, de color negro, negro como tu cabello, y decías que era el que resaltaba a mi piel blanca, blanca como la nieve del primer invierno que nos conocimos, y desde ese día siempre tengo conmigo aquel listón negro, un poco deshilachado, pero que me recuerda a ti.


    Recuerdo aquella función de Hansel y Gretel a la que me llevaste, recuerdo aquel gran recorrido en donde por primera vez pude besarte sin culpa, y ahora voy camino al mismo teatro sin ti, y me he percatado del porque en ese lugar siempre veíamos las funciones que quedaban cerca de la casa, pues aquel recorrido era tu favorito, las tres torres, la plaza de la Justicia donde siempre se ponía un señor con sus tres hijos de cabellos amarillos a vender café, y posterior se encontraba el palacio de artes, donde me dijiste que expondrías tus primeros poemas, poemas que no hablarían de amor, y donde siempre había el mismo policía en la entrada comiendo siempre la misma marca de donas y mirando siempre hacía el cielo, aquel palacio por fuera blanco y por dentro adornado de distintas pinturas de la época antigua y romántica, y después aquel camino de Sebastián, donde siempre encontrábamos niños jugando a la pelota o señoras leyendo el periódico, y en donde caminamos un día de lluvia, lluvia triste y fría, fría como mis sentimientos hoy sin ti, y terminando aquel camino estaba tu monumento favorito, aquella estatua en honor a no sé quién, que tanto te gustaba, aquel hombre con sombrero de copa, y que hoy sé que es en honor al Quijote, libro que jamás quise pero que tu amaste, y después estaba la entrada del teatro, a donde siempre íbamos, a donde íbamos más por el recorrido que por la función, pero debíamos ir a la función o sabías que no aceptaría ir tan lejos.


    Aún tengo tu libreta, donde escribimos una frase juntos y después la pintamos en las paredes de la habitación, "no te preocupes, lo que es verdadero jamás termina", pero nunca habíamos iniciado como todos creían, sólo fue amor, y el amor no inicia, sólo esta y sucede, así como sucedimos y como sucedió esa frase en tu libreta de poemas.


    Me leíste un poema que hablaba de mí, pero jamás me lo dijiste, sin embargo, nadie habla de una pelirroja que se enamora, enamora de quien menos esperaba en un parque, parque que amaba con todos sus sentidos, sentidos que eran conquistados por una persona, persona que amaba y que estaba leyendo para mí, como en el club, y que siempre preguntaba si estaba bien o algo le faltaba, y yo sólo reía y él iba por café, porque desde que me conoció dice haber dejado el vodka y el tequila y que prefiere el café para no dormir, y poder estar conmigo siempre, siempre que decía eso terminaba durmiendo antes que yo, lo que me dejaba un rato pensando cerca de él, y jugando con su corto cabello que apenas le cubría las orejas, y que terminando de jugar me levantaba a escribir y abría la ventana, y miraba nuevamente al cielo, cielo marino con estrellas que deslumbran mi noche, porque él le dio luz a mis noches y eso evita que duerma. Antes de que despierte me vuelvo a recostar sobre su brazo y cierro los ojos y duermo, duermo como si no tuviera insomnio, como i todo lo que importará es estar con él, pero ya no es de esa manera, ya no está y ahora no duermo, sólo veo aquel cielo marino, sin estrellas, sin vida, sin sueño, sin él.


    Conocía tanto de ti, como tú de mí, sabía que tu color era el negro, que amabas la música de blues, y que preferías la noche y el frío, y tu literatura se volvió poesía y tus poesías eran para mí.
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    Aprendí a verte de tantas formas distintas y es que tenías algo tan particular que me cautivó desde la primera mirada, desde el primer día o desde la primera noche, pues esto ha sido tan magnifico que han parecido de esos sueños, los sueños de los que nunca quieres despertar.


    Si pudiera decirte que es la mejor parte de mi día, elegiría, sin pensar por mucho las veces que miro fijamente por las ventana, observo el cielo, cielo tan azul como los mares y otras veces tan triste como el invierno, invierno que me recuerda al primer día que te vi, vi tu forma tan peculiar de caminar por aquel parque a pesar del frío y la nieve, nieve que reflejaban tus hermosos ojos, ojos tristes como el invierno, tan oscuros que me quitaron el sueño y desarrolle insomnio, insomnio que me recordaba a ti y tu precioso cabello tan oscuro como el ébano, si mal no recuerdo fue bajo un gran ébano que cruzamos miradas y cruzamos silencios, silencios de los que cautivan, no de los que matan, de esos silencios que quieres que terminen pero que sean eternos, de esos hablo, como cuando te hable por primera vez en aquella banca, banca cubierta por la nieve del crudo invierno, recuerdo tus primeras palabras, y aún creo estar escuchándote.


    Jamás podría olvidarme de ti, y jamás podré olvidar aquella fuente de primera, donde nos sentamos a platicar por horas hasta que comenzó a llover y sacaste aquel paraguas color azul, azul petróleo que me recordaba precisamente a aquella fuente, y que después de abrirlo nos fuimos caminando, caminando por la tierra mojada que dejaba apreciar ese enervante olor tan peculiar que tiene cuando se combina con el agua, agua que seguía cayendo y no paraba y con el paso del tiempo se hacía más fuerte, cruzamos por aquel parque dejando atrás aquella fuente azul petróleo que en el centro tenía un gran pez, dejando atrás aquel camino de tierra mojada que nos acompañó un largo rato, y dejando atrás una posible noche de luna llena, pero íbamos caminando bajo el mismo paraguas mientras un vendaval comenzaba a doblarlo hasta que las varillas del paraguas se abrieron y tuvimos que deshacernos de él, recuerdo que lo enrollaste tan fuerte que crujieron la pocas buenas varillas, y me tiraste de la mano izquierda para que siguiera tu paso hacía aquel puente, puente que no sólo vio caer el paraguas, sino que vio caer una lagrima de aquellos ojos tan oscuros, y me preguntaba que debía de hacer. Bajamos aquel puente con gran cautela, y seguimos nuestro camino, camino de flores que tenían el capullo cerrado, cerrado como el puño de tu mano, mano que quería volver a tomar, tomar como en el momento que estábamos en mi casa, tomar aquella botella de tequila nueva, tomar hasta tener que recurrir al café sin leche por la mañana, mañana que desperté junto a ti, desperté y ahí estabas, dormido, tan cerca de mí, y lo único que hice fue admirarte mientras dormías. Cuando volví a la cama a tu lado olía a vodka, aquel vodka que estaba en mi mesa de noche, y me miraste, mirada que pedía otra noche y más alcohol, no tenía problemas por ambos, no tenía problemas en ir a comprar más vodka o tequila, no tenía problema alguno por volver a tener sexo contigo, o hacer el amor, tenía problema a que no pudiera ser diferente nunca. Pero no se repitió, después de beber un poco, me volviste a mirar, y te levantaste, y con ello pude apreciar tu cabello despeinado, y te metiste a bañar, y por consiguiente me metí contigo.


    Desde ese día tú eras libre de llegar a mi habitación, eras libre de acomodarte en mi cama, eras libre de fumar sobre la ventana y utilizar mi mesa de noche para poner tus vasos, vasos que siempre tenían cerveza o vodka porque no te gustaba nada más.
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    Comencé a extrañarte, no sé el por qué, jamás creí llegar a sentir nostalgia por alguien, menos me imaginaba que esta nostalgia fuese por ti.

    A pesar de todo, o a pesar de nada, no había tenido el valor de volver a escribir sobre ti, quise intentar olvidarte, intentar hacerme a la idea de una vida sin ti. Anteriormente me hacía la falsa ilusión de una vida a tu lado, pero ahora no aspiro a estar ni un minuto contigo, no porque no lo quiera, sino, porque tu así lo deseas.   


    Escribí un largo tiempo a la noche; argumentaba que quería verte, pero son palabrerías que se llevó el viento.
    Tal vez el problema radica en que yo por ti daba todo y tú por mi... bueno esta de más decir que tú por mi no das nada. Cada noche sin dormir pensando en que falle, llegue a la conclusión que mi error fue amarte sin medida, amarte inocentemente como nadie más te va a amar en tu vida. 
    Noche tras noche, descubrí que estaba en esto sola, amaba sola, soñaba sola, reía sola...

    Aprendí que aún pasando noches sin dormir pensando en ti, podría vivir de esta manera, siempre y cuando, al final del día lo último que pueda ver sea tu sonrisa.

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